Sentimientos tenemos todos... pero muchas veces digo que otros no los tienen, llego a esa conclusión solo porque lo que me provoca tristeza, alegría o lo que sea que sienta en ese momento tal vez a otro no le afecta, pero, cuando algo que le pertenece a un pueblo es abandonado por aquellas personas las cuales se les encargo cuidar y velar ese bien común, a lo personal (exonerados) duele, da vergüenza, mal sabor en la boca y hasta rabia de impotencia.
No sé cómo es posible que algo que es público la generación de personas encargadas por mantenerla no está siendo responsable, ni pone el ejemplo, entonces así me pregunto; Cómo diablos ustedes esperan que las generaciones más jóvenes salten en el trampolín de la conciencia para ser civilizados?… Se ahogaran antes de caer al agua.
Me duele el no comprender que lo que nos enseñan en la escuela, los deberes y derechos de cada ciudadano no es cumplido, es más, al parecer no significa nada para las mismas personas que nos enseñan. Da rabia ver el abandono y el descuido de un lugar con potencial para hacer algo bueno para la sociedad, da vergüenza que a los ojos de los demás somos supuestamente cultos y olímpicos, la peor parte es la impotencia que se siente cuando se denuncia y es como si no se hubiese dicho nada.
La mera verdad es que el ver ese panorama no provoca decir absolutamente nada, pues es como cuando tus padres te llaman la atención y no puedes decir nada por respeto a ellos, esa feralidad de sentimientos ahogándose, es lo que sentí al ver la Piscina olímpica de La Vega.
El estar ahí, es sentirse como todo un campeón Olímpico, subirse al pódium de la reflexión y ser galardonado por los verdaderos medallistas que han hecho de este espacio vestigios de grandeza, hablo de los renacuajos, ranas, lagartijas, insectos, gallinas, arácnidos, patos y hasta chivos, a cuyas especies les doy gracias por cuidar todo este tiempo mi ponchera sin agua.
No me interesa la cantidad de personas que lea este artículo, es más, no tengo la necesidad de ahogarlos en mis letras, pero es mí deber desahogar los supuestos derechos que percatan nuestros orígenes, orígenes como el de nuestros ríos; Cómo vamos a cuidar del Camú, si no podemos, ni siquiera, con una ponchera?... Y quedara ahí, deteriorándose cada día más, por el olvido inminente de los encargados. Y aun así escribo porque siento la necesidad de hacer algo por ello y por ahora, es lo único que puedo hacer.



